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¿Por qué nos debería preocupar la ética en la Inteligencia Artificial?

Durante los últimos años, el concepto Inteligencia Artificial ha dejado de ser un aspecto futurista, muy lejano de nuestro día a día, para en una de las tecnologías más aplicadas a las herramientas y negocios digitales actuales. Los bancos usan algoritmos de IA para determinar si darte un crédito o no, los anuncios que vemos diariamente en redes sociales, aplicaciones móviles o sitios web se personalizan en función de las necesidades particulares de cada persona, e incluso aeropuertos y fuerzas de seguridad del estado están incorporando esta tecnología a sus sistemas de reconocimiento facial.

El director del Instituto de Investigación de Inteligencia Artificial del CSIC, Carles Sierra, aclaraba que, a pesar de no haber logrado que las máquinas tengan sentido común o inteligencia generalista, sí se ha conseguido crear inteligencias específicas que sobrepasan la eficiencia de la inteligencia humana para tareas muy concretas. Como consecuencia de esto, se están logrando considerables avances en los procesos industriales, en el desarrollo de nuevos medicamentos o para optimizar el diagnóstico médico.

Lo cierto es que, además de ser un gran avance, es un inmenso negocio que, actualmente, se están disputando varios gigantes tecnológicos, como Amazon, Google, Facebook, IBM y Microsoft, donde sabemos de sobra que priman los intereses comerciales sobre las consideraciones éticas.

¿Por qué tenemos que tener en cuenta la ética en la IA?

Algunas marcas, ante las duras críticas recibidas por el uso inapropiado de la IA en ámbitos relacionados con la privacidad de los usuarios o la utilización sin supervisión de algunas aplicaciones, se han visto «obligadas» a crear comités éticos que controlen y supervisen los sistemas de inteligencia artificial. Cuando un sistema de IA no se supervisa correctamente, se corre el riesgo de perder el filtro, algo que ya paso cuando Microsoft decidió lanzar su «bot Tay».

Algo similar pasa con los algoritmos de clasificación que microsegmentan a la población en función de su comportamiento. Si esa discriminación entre personas no se regula, o si el proceso no es totalmente transparente, puede conducir a que se limiten las opciones para elegir libremente de la gente.

En definitiva, la ética aplicada a la Inteligencia Artificial se encuentra todavía en fase de desarrollo y tendrá que evolucionar hasta que pueda resolver importantes retos como por ejemplo lo que se denomina la dictadura de los algoritmos, algo de lo que hablaremos en nuestro siguiente post.

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